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La Ciudad de México:

LA CIUDAD AYER, HOY Y SIEMPRE


La Ciudad de México

Considerada la más poblada del mundo, la antigua México-Tenochtitlan, hoy Ciudad de México, surgió en el siglo XIV en un islote que sobresalía entre cinco hermosos lagos, rodeados de grandes montañas y volcanes. En ese lugar apareció un águila parada sobre un nopal, signo que habían marcado sus dioses a los chichimecas para establecer su ciudad tras una larga peregrinación, que se había iniciado doscientos años atrás, cuando salieron de una isla llamada Aztlán, que en la lengua náhuatl significa "lugar de garzas".

El mismo lapso, dos centenas de años, les llevó convertir la primitiva aldea que se estableció entre los juncos en una de las ciudades más bellas, bien organizadas y progresistas de su época en todo el orbe. Esto lo sabemos, entre otros, por los relatos que hace el conquistador Hernán Cortés en sus Cartas de Relación que envía al rey tras la conquista de la capital de los aztecas.

Bernal Díaz del Castillo, valeroso soldado que acompañó al conquistador en todas sus campañas y en la nueva ciudad, escribe la Historia verdadera de la Conquista de la Nueva España, extraordinaria crónica que nos permite conocer detalladamente como era la ciudad, sus habitantes, costumbres, mercados y todo cuanto haya que saber sobre la vida de la majestuosa ciudad lacustre que impresionó profundamente a los españoles por su traza, limpieza, orden y belleza; recordemos sus palabras: "Y desde que vimos tantas ciudades y villas pobladas en el agua y en tierra firme otras grandes poblaciones y aquella calzada tan derecha y por nivel como iba a México, nos quedamos admirados y decíamos que parecía a las cosas de encantamiento que cuentan en el libro de Amadís, por las grandes torres y cúes y edificios que tenían dentro del agua, y todo de calicanto y aún algunos de nuestros soldados decían que si aquello que veían, si era entre sueños, y no es de maravillar que yo lo escriba aquí de esta manera, porque mucho que ponderar en ello que no se cómo lo cuente: ver cosas nunca oídas, ni vistas, ni aún soñadas, como veíamos".

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Esta información se vió enriquecida por los testimonios que recogió el fraile Bernardino de Sahagún, en el Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, por los cuales nos enteramos de las creencias de los antiguos mexicanos, su filosofía, religión, poesía, educación, ritos, artes y todo lo que constituye el alma de un pueblo. Por él sabemos de la importancia que daban a la palabra, que la expresaban en maravillosos dibujos, plasmados en textos conocidos como códices de los frailes que trataban de inculcar la religión católica.

Aún maravilla la manera como los aztecas lograron edificar una gran ciudad en medio del agua por medio de las chinampas, que consisten en un tejido de varas, al que cubren de tierra fértil y le siembran entre otra vegetación, unos árboles llamados ahuejotes que echan largas raíces, "amarrándose" al fondo de los lagos, que por lo general no tenían mucha profundidad.

Esta ciudad prodigiosa fue destruida tras un cruento sitio de 75 días, al cabo de los cuales fue finalmente capturado el valeroso emperador Cuauhtémoc. El vencedor, Hernán Cortés, decidió levantar la ciudad española en el mismo lugar, por lo que ordenó el alarife Alonso García Bravo realizar la traza de la nueva urbe. Éste siguió en gran medida la que tenía México-tenochtitlan, y con las mismas piedras de los templos y palacios aztecas y con las manos de los indígenas, se edificó la que habría de ser la capital de la Nueva España.

Esta ciudad del siglo XVI tenía casas que eran como fortalezas, ya que los españoles tenían temor de un levantamiento de los indígenas, de quienes bien conocían el valor y arrojo, que habían padecido en la derrota conocida como de la Noche Triste. Paralelamente a la construcción de las casas, se fueron cegando canales, ya que los nuevos pobladores requerían de calles para sus caballos y carruajes, lo que fue alterando el equilibrio ecológico de la cuenca, que los aztecas habían aprendido a manejar. La ciudad comenzó a padecer inundaciones, algunas terribles como la de 1629, que la mantuvo anegada durante cinco años. Entonces se pensó cambiarla de lugar a uno más alto, pero finalmente se decidió reconstruirla en el mismo.

Esto tuvo su lado bueno, ya que todas las construcciones, casas, templos, conventos y edificios gubernamentales, se rehicieron en estilo barroco. La Ciudad de México se tornó así en lo que el viajero inglés Charles Latrobe calificó como "La ciudad de los palacios". De ello todavía existen múltiples ejemplos, principalmente en el hoy llamado Centro Histórico. Allí se pueden admirar soberbios palacios, templos y casonas edificados en la liviana piedra color vino llamada tezontle, que utilizaron los aztecas en sus construcciones por su ligereza, lo que permitía levantar majestuosas edificaciones, sobre el suelo fangoso de los antiguos lagos. En contraste con el vivo encarnado del tezontle, se adornaban los marcos de puertas y ventanas con una elegante piedra plateada, conocida como chiluca, en la que se labraban maravillosas formas con la habilidad de las manos indígenas, cuyos ancestros habían esculpido templos, esculturas y palacios aztecas.

Muestra maravillosa de ello la tenemos en el Sagrario de la Catedral Metropolitana y en los templos la Santísima Trinidad, la Concepción, la Enseñanza, San Lorenzo, Santa Teresa, San Sebastián, San Francisco, San Bernardo, Santo Domingo, San Juan de Dios y la Santa Veracruz, así como en los palacios del marqués de Prado Alegre, de la marquesa de Uluapa, del conde de Heras Soto y de los condes de Santiago de Calimaya, para nombrar unos cuantos.

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A finales del siglo XVIII llegó a México la Ilustración, con las ideas borbónicas de orden, progreso y administración, lo que se reflejó en la arquitectura que cambió el barroco por el neoclásico, dando lugar a magníficas construcciones de las que también existen múltiples ejemplos, para mencionar sólo algunas: el templo de Lorenzo, la Academia de San Carlos, el Palacio de Minería, el de la marquesa de Sierra Nevada y del marqués de apartado, estas tres últimas obra del genial arquitecto y escultor valenciano Manuel Tolsá, quien llegó a México contratado como maestro de la recién creada Real Academia de San Carlos de las Tres Nobles Artes: pintura, escultura y arquitectura, reflejo de la nueva mentalidad racionalista. Fundó instituciones que habrían de modernizar la vida de la Nueva España, que estaba a un paso de dejar de serlo, ya que en 1810 se inició el movimiento que dio a México su independencia de España.

Ese siglo fue fundamental para el desarrollo de la Ciudad de México, ya que en 1859 se emitieron las Leyes de Reforma, que habrían de despojar a la iglesia católica de sus bienes. Hay que decir que la mitad de la ciudad estaba poblada por templos con su convento adjunto, a lo que se sumaba que buena parte de las casas pertenecían también a las distintas órdenes religiosas, que las tenían en renta.

Tras la salida de los religiosos y las monjas, los conventos fueron fraccionados y vendidos a particulares, quienes en su mayoría los destruyeron para edificar casas y edificios, en estilos copiados de Europa, principalmente de París, sitio muy admirado por el presidente Porfirio Díaz, quién ejerció el poder treinta años, que culminaron en 1910, cuando se inició otro movimiento revolucionario que habría de durar casi una década, sumiendo al país en el caos.

Durante el porfiriato, como se conoce ese período presidencial, la ciudad comenzó a crecer y surgieron las primeras colonias, en terrenos que habían tenido un uso agropecuario, uniendo las villas y pequeñas ciudades independientes con la Ciudad de México, convirtiendo ese núcleo en el centro, para recibir casi un siglo más tarde el nombre de Centro Histórico.

A partir de los años veinte del siglo pasado, en que la situación política se establizó, se reanudó el crecimiento de la urbe, reflejándose las modas arquitectónicas de la época en los asentamientos urbanos.
Así se formó la colonia Hipódromo Condesa, en los que habían sido terrenos de la Hacienda de la Condesa, importante unidad agropecuaria de vasta extensión, dando lugar a la edificación de un hipódromo, mismo que a fines de los años veinte fue convertido en un hermoso fraccionamiento conservando la forma helicoidal de la pista de los caballos, con parques, fuentes y múltiples construcciones en estilo art-déco armonizando con las bancas, faroles y la decoración de los espacios públicos.

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Una década más tarde, en los terrenos que habían pertenecido a la Hacienda de los Morales, famosa por sus olivares que daban un exquisito aceite de oliva, ganador de un premio en Francia, conservando el casco, como se llama en México a la casona y construcciones principales, el campo se urbanizó dando lugar a varias colonias: Polanco, Chapultepec Morales e Irrigación.

De la misma forma fueron surgiendo colonias y fraccionamientos, ocupando terrenos de ranchos, granjas y haciendas; pequeños pueblos y villas quedaron "encerrados" entre modernas construcciones, conservando sin embargo su templo parroquial, sus tradiciones y costumbres, al igual que sucedió con los antiguos barrios.

Esa es parte de la fascinación de la gran Ciudad de México, que a la vez que constituye una urbe moderna y enorme, conserva antiguos barrios, colonias e inclusive pueblos con ranchos, sembradíos, animales y huertos. Esta magna ciudad, que es además el centro político del país, denominada oficialmente Distrito Federal, está a su vez dividida en dieciséis delegaciones políticas, cada una con una autoridad propia. En la mayoría de ellas aobrevive un centro histórico que en ocasiones data de tiempos prehispánicos, conservando importantes vestigios de esa época y del virreinato.

Un caso notable es Xochimilco, antiguo poblado indígena, anterior a México-Tenochtitlan, sitio que sirvió de modelo a los aztecas para fundar su ciudad entre los lagos, ya que también es una ciudad lacustre. Ubicado al sureste de la capital, lo fundó una de las primeras tribus chichimecas que llegaron a la cuenca. Increíblemente, aquí todavía hay chinampas, que continúan siendo uno de los principales surtidores de verduras y flores de la capital. Cruzada de canales, constituye uno de los paseos más agradables en trajineras, amplias canoas techadas y decoradas con flores multicolores. Es delicioso navegar pausadamente las tranquilas aguas, rodeado de música, flores y alimentos que se trasladan por el mismo medio.

Otro sitio añejo de enorme interés es el Santuario de la Villa de Guadalupe, hogar de la virgen guadalupana, dulce morenita considerada la madre de los mexicanos. Tras su aparición en el siglo XVI a un humilde indio llamado Juan Diego, ha sido venerada por todo el pueblo, que a la fecha emprende anualmente peregrinaciones desde todo el país para visitarla. A lo largo de los siglos se le han levantado diversos templos; en nuestros días sobrevive uno soberbio del siglo XVII con una capilla cercana conocida como el Pocito, debido a que se dice que allí brotó un manatial tras una de las apariciones de la Virgen.
Esta construcción circular es considerada una de las joyas barroca de América. Conviviendo con estas obras no desmerece una enorme y moderna basílica, edificada en los años setenta por el afamado arquitecto mexicano Pedro Ramírez Vázquez.
Este arquitecto es también autor del Museo Nacional de Antropología, extraordinaria construcción que expone en su planta baja el arte más selecto de las culturas prehispánicas de todo el país y, en la alta, una sobresaliente muestra etnográfica que permite apreciar la vida y costumbres de los grupos indígenas de la actualidad. Este museo se encuentra en el Bosque de Chapultepec, sitio legendario en donde los emperadores aztecas tenían su palacio de verano y en la cima del cerro del chapulín, de donde se deriva el nombre de Chapultepec, tuvieron un adoratorio. Allí se edificó en 1785 un hermoso edificio que fue cuartel militar, residencia del emperador austriaco Maximiliano y al inicio del porfiriato residencia presidencial. Conocido como el Castillo de Chapultepec, a partir de 1944 alberga al Museo Nacional de Historia. En este vasto parque, constituido por tres secciones, con zoológico, lagos, juegos para niños y feria, se encuentran también varios museos, entre los que destacan: el Museo de Arte Moderno, con una excelente muestra de pintura y escultura contemporánea mexicana; sobresale igualmente el Museo Rufino Tamayo, bella construcción que expone obra de afamado artista nacional y arte internacional. Los niños y jóvenes también tienen sus espacios: Papalote Museo del Niño, Museo de Historia Natural, Museo Tecnológico, Atlantis y un parque acuático.

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Una de las zonas más bellas de la ciudad es el Pedragal de San Ángel, que se formó tras la explosión del volcán Xitle, hace más de 2 mil años. En ese sitio prodigioso se edificó en los años cincuenta la Ciudad Universitaria. La Real y Pontificia Universidad se fundó por cédula real el 21 de septiembre de 1551, siendo la primera en América. Hasta su traslado al Pedregal, ocupó magníficas casonas en el Centro Histórico, mismas que permanecen en posesión de la máxima casa de estudios, dedicadas a usos culturales.

La Ciudad Universitaria forma un grupo impresionante de edificios y artistas de la época. Cuarenta profesionistas intervinieron en el diseño de los edificios e instalaciones. En ellos se muestran las corrientes más avanzadas de la arquitectura, sobresaliendo la integración plástica. El interior de la magna biblioteca central fue decorado por Juan O'Gorman, la torre de rectoría por David Alfaro Siqueiros, el acceso principal del Estadio Olímpico por Diego Rivera, los muros laterales de la Facultad de Ciencias por José Chávez Morado y la fachada de la Escuela de Medicina por José Francisco Elguero Eppens.

El material prevaleciente fue el mosaico vitreo o las piedras policromas, ambos materiales resistentes a la intemperie, sólo Siqueiros optó por la utilización de pinturas acrílicas, en lo que fue precursor en el mundo y que han probado su efectividad a lo largo de medio siglo. Recinto por excelencia de las humanidades y las ciencias, la UNAM es asimismo sede de artes de vanguardia. su espacio escultórico, perfectamente integrado en las caprichosas formas de lava, es un sitio único. Allí se encuentra también un importante espacio cultural con salas para conciertos, teatro, danza y cine.

Sin duda el muralismo ha sido de las aportaciones de México al mundo, que tuvo su apogeo en la década de los años 20, en la que los mejores pintores nacionales y alguno que otro extranjero decoraron los muros de los edificios públicos, con el fervor nacionalista que había surgido tras la Revolución. José Clemente Orozco, Diego Rivera, David Alfaro Siqueiros, Roberto Montenegro, Jean Charlot, Rufino Tamayo, Fernando Leal, Carlos Mérida, José Chávez Morado, Isamu Noguchi y Fermín Revueltas son algunos de los artistas que usaron los muros como medio didáctico para plasmar la ideología revolucionaria y dar a conocer la rica historia nacional. Entre los edificios que tienen murales sobresalen: el Palacio Nacional, el colegio de San Idelfonso, la Secretaría de Educación Pública, el mercado Abelardo Rodríguez, el Centro Médico Nacional y el Palacio de Bellas Artes, todos con el encanto adicional de encontrarse en edificios de distintas épocas, la mayoría de gran belleza.

Entre las zonas más bellas y añejas de la Ciudad de México se encuentran Tlalpan, Coyoacán y San Ángel, antiguas villas que conservan hermosas casonas de la época virreinal y del siglo XIX, así como templos magníficos, con calles empedradas, añejos árboles y bucólicos parques, conservan fuerte sabor provinciano, rodeados de la agitada vida cosmopolita de la capital. Coyoacán fue el sitio escogido por Hernán Cortés para habitar mientras se reconstruía la Ciudad de México, sobre las ruinas de México-Tenochtitlan.

Otro sitio de gran interés es Tlatelolco, ciudad aledaña a Tenochtitlan, en donde se situaba un inmenso mercado al que acudía la gente de todas las poblaciones de los alrededores: vamos a transcribir una pequeña parte de la descripción de Bernal Díaz del Castillo: "y desde que llegamos a la gran plaza, que se dice Tlatelulco, como no habíamos visto tal cosa, quedamos admirados de la multitud de gente y mercaderías que en ella había y del gran concierto y regimiento que en todo tenían...".

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Actualmente Tlatelolco conserva estructuras piramidales de la época prehispánica, el hermoso templo de Santiago Tlatelolco, que edificaron los españoles en 1609, y junto a todo ello los magníficos edificios modernos de la Secretaría de Relaciones Exteriores, por lo que se le conoce como la plaza de las Tres Culturas. Aquí estuvo el fraile Bernardino de Sahagún, en el Imperial Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco. En su vasta obra emociona advertir cómo el fraile, cuyo interés primario por conocer la cultura originaria para intentar acabar con las idolatrías, terminó siendo un admirador de esta cultura y de los propios indígenas. Platica con detalle de sus valores y talentos, de cómo se distinguieron como médicos, astrólogos, oradores, filósofos y poetas. Habla de los sabios y maestros de las escuelas, con grandes conocimientos de los minerales, plantas y animales y de sus habilidades artísticas.

Esta ciudad fascinante ofrece a los habitantes y visitantes una amplia oferta cosmopolita de servicios, esparcimientos, cultura y gastronomía. Solamente en el Centro Histórico se encuentran 52 museos, la mayoría alojados en antiguos palacios; los hay para todos los gustos e interés: de pintura mexicana, europea, antigua y moderna, de la charrería, del zapato, del vestido tradicional, de la caricatura, de arquitectura. Cabe destacar el Museo Nacional de Arte, ubicado en el Antiguo Palacio de Comunicaciones, soberbio edificio de principios del siglo, diseñado por el arquitecto italiano Silvio Contri, que muestra magníficas obras de pintura y escultura de los mejores artistas mexicanos de todos los tiempos. Otro gran museo es el de San Carlos, que ocupa una residencia de excepción, en estilo neoclásico, con un original patio ovalado, que construyó a fines del siglo XIX el extraordinario arquitecto y escultor valenciano Manuel Tolsá. Aquí se expone arte europeo que constituía el acervo de la Academia de San Carlos, fundada en el siglo XVIII.

No puede dejar de mencionarse el antiguo Palacio del Arzobispado, imponente edificio barroco, que muestra elegantes escaleras de piedra rosada que pertenecieron al Templo de Tezcatlipoca. Aquí se da a conocer la obra que pagan los artistas al gobierno por concepto de impuestos. A unos pasos se encuentra el Museo Nacional de las Culturas, con exposiciones de todo el mundo; ocupa la soberbia construcción que alojó originalmente a la Casa de la Moneda. Ésta bautizó la calle en donde se forjó la cultura americana, ya que aquí se estableció la primera universidad, imprenta, museo, academia de artes, arzobispado y casa de moneda del continente americano.

A la vuelta, está situado uno de los edificios más belloos de la ciudad: el antiguo Colegio de San Idelfonso, fundado por los jesuitas en el siglo XVI, dos centurias más tarde erigieron el imponente edificio barroco que actualmente es museo de exposiciones temporales. El magno edificio que cuenta con tres patios rodeados de arcos y columnas, tiene como atractivo adicional los murales de Diego Rivera, José Clemente Orozco, Jean Charlot, Ramón Alva de la Canal y Fernando Leal.

A unos pasos aparece el Museo del Templo Mayor, moderna edificación que muestra los objetos encontrados en las excavaciones del templo de los aztecas, que se encuentra a sus pies. Esta vista es imprescindible para conocer la grandeza de la ciudad mexica. Junto a estos vestigios, excavados en los años setenta del siglo XX, se encuentra la Plaza de la Constitución o Zócalo. Debe este nombre a que el presidente Santa Anna, al poco tiempo de consumada la Independencia, mandó construir un monumento conmemorativo en el centro de la plaza, y lo único que se alcanzó a construir fue el basamento o zócalo, que permaneció en el sitio varios años y le dio el nombre que adoptó el pueblo para designar la plaza y conjunto de edificios que la rodean.

Aquí se establecieron, al crearse la traza de la nueva ciudad española, la sede de los poderes civil, religioso, municipal y comercial, que continúan hasta la fecha. Así, alrededor de la vasta plaza, se encuentra la Catedral Metropolitana, majestuosa edificación de cantera plateada, que muestra diversos estilos arquitectónicos: renacentista, herreriano, barroco y neoclásico, ya que tardó en edificarse 300 años. Lo notable es que el conjunto guarda una gran armonía.

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El interior conserva innumerables obras de arte, tanto en los retablos barrocos recubiertos de oro extraordinariamente labrados, como en esculturas, pinturas de los grandes maestros mexicanos y españoles; el coro en el que destacan los órganos monumentales, la sillería y la reja metálica de tumbaga, encargada a los artífices de la lejana colonia portuguesa de Macao.

Otro edificio sobresaliente de la plaza es el Palacio Nacional. La imponente construcción ocupa el sitio del que fuese palacio del emperador azteca Moctezuma, mismo que tras la conquista pasó a manos de Hernán Cortés, quien lo rehizo sin quitarle majestad y lo heredó a su hijo Martín, de quién lo adquirió la corona española en 1562, quedando transformado en la Real Casa del Virreinato de la Nueva España; desde fines del siglo XVI, se le conoció como Real Palacio. A lo largo de los tres siglos del virreinato fue la residencia oficial de los virreyes y sede del gobierno, como lo es hasta nuestros días. En sus casi 500 años de vida ha padecido múltiples transformaciones, sin perder nunca la grandiosidad y armonía con el entorno. Al igual que la catedral, tiene varios estilos arquitectónicos. El interior está decorado con extraordinarios murales de Diego Rivera, que hablan de la historia de México, desde la época prehispánica.

A un costado del Palacio Nacional, se encuentran los palacios del Ayuntamiento, conocidos como el viejo y el nuevo, en virtud de que el primero, aunque remodelado en las décadas iniciales del siglo pasado, se ubica en el sitio en el que estuvo el que construyó Hernán Cortés, recién consolidada la conquista. El nuevo se levantó en la pasada década de los cuarenta, siguiendo el estilo del viejo.

Enfrente del Palacio Nacional, se edificó el Portal de Mercaderes que, como su nombre lo indica, alojó a los comerciantes. Resulta interesante que todos estos edificios continúan su vocación original, donde marco a una de las plazas más amplias y hermosas del mundo. En los años treinta del siglo XX se le agregó un tercer pisoa los edificios que no lo tenían y varios de ellos se recubrieron de la hermosa piedra rojiza llamada tezontle, con el propósito de uniformar la imagen de la plaza y darle mayor monumentalidad, lo que se logró plenamente.

Otra plaza de excepción es la de Santo Domingo, a tres cuadras del Zócalo; ésta impacta por su dimensión, armonía, belleza y por la magnificencia de las construcciones que la rodean, entre las que destaca el antiguo Palacio de la Inquisición, soberbia construcción barroca, que aloja entre otros al Museo de la Medicina, de enorme interés, particularmente por lo que se refiere a la época prehispánica. Allí se encuentra también el templo de Santo Domingo, joya de tezontle y cantera, que muestra maravillas en la fachada y en el interior, ya que conserva retablos barrocos y neoclásicos, ambos de excelencia.

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Otra gema de la plaza es el edificio de la antigua aduana, hoy oficinas de la Secretaría de Educación Pública. El interior, con un gran patio, luce en la escalera magníficos murales de David Alfaro Siqueiros. Se comunica con otro hermoso edificio de la misma Secretaría, que fue el convento de la Encarnación y cuyos muros están decorados principalmente por pinturas de Diego Rivera.

Este sitio es el corazón de México, en donde se forjó la identidad de los mexicanos, es el lugar al que todo viajante del país y del exterior acude. Como centro del país en sus alrededores se encuentra la vida comercial más intensa.

Hay un dicho popular que reza "si no lo hay en el Centro es que no existe" y no está lejos de la verdad, ya que aquí convive el comercio de tradición con el más moderno. Hay calles especializadas de talabarterías, mercerías, papelerías, iluminación, jarcerías, librerías, telas, sombrerías, rebozos, computación, joyerías y cuanto se le ocurra a la más fértil imaginación.

Entreverados con estos variados comercios se encuentran restaurantes, fondas y cafés con todas las comidas de México y del mundo. No hay que olvidar que desde su nacimiento la Ciudad de México ha sido una ciudad de inmigrantes. Los que la fundaron venían del norte; en el siglo XVI llegaron los españoles, que al poco tiempo trajeron negros y orientales. Tras la Independencia, llegaron franceses, ingleses y alemanes. En la primera mitad del siglo XX hubo fuerte inmigración de libaneses, judíos y españoles que se acogieron a la tradicional política de exilio de México. Éste acogió nuevamente en los años setenta a argentinos, chilenos y uruguayos qe huían de las dictaduras militares. Todos ellos han dejado su huella en la gastronomía y cultura de la ciudad.

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De gran tradición teatral, actualmente la Ciudad de México ofrece cotidianamente alrededor de 60 obras de teatro para todos los gustos. La música clásica, ópera y ballet se representan constantemente por parte de las compañías mexicanas y frecuentemente por extranjeras. No faltan desde luego, los espectáculos frívolos para todo nivel y presupuesto y para todas las edades.

Sin duda pocas ciudades del mundo conjugan tan interesantemente el pasado y el presente, la tradición y la modernidad. En los viejos barrios y pueblos aún se festeja la fiesta del santo patrono; hay mayordomías, herencia de las antiguas cofradías. Para cada celebración se hacen comidas especiales, todos los habitantes disfrutan el pan de muertos en la conmemoración de los difuntos, la rosca de Reyes, los tamales en la fiesta de la Candelaria y pocas casas dejan de poner un nacimiento en la Navidad, eso sí, acompañado del pino profusamente decorado, costumbre sajona ya adoptada por los mexicanos. En esas fiestas decembrinas se siguen celebrando las posadas, se canta la letanía y se rompe piñata. Como éstas, hay decenas de tradiciones que conviven con el cine, el internet, el rock, el graffiti, elementos inspirables de la globalización.

A todos estos atractivos se suma el clima notable que tiene la capital de todos los mexicanos, situada en una cuenca rodeada de elevados volcanes y montañas, que la protegen de vientos y corrientes extremas, conserva todo el año una temperatura templada que permite que los árboles tengan permanente follaje verde y las plantas coloridas flores. Esto imprime una alegría particular a la urbe, que vive en una eterna primavera. También permite que se desarrollen especies de distintas altitudes y climas; así, es frecuente ver en parques y jardines públicos y privados, pinos, plátanos, fresnos, palmeras, bugambilias, magueyes, magnolias, nopales, jacarandas, pirules, chopos y casi cualquier variedad arbórea y vegetal del país y del mundo.

Esta magna Ciudad de México, bella, problemática, atrayente, complicada pero siempre fascinante, sin duda cautivará a todo aquel que se abra para conocerla, gozarla, a veces sufrirla y sin duda... amarla.

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