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Pueblos Mágicos de Guanajuato:


DOLORES HIDALGO


Dolores Hidalgo

Al norte de la ciudad de Guanajuato, ahí donde la Sierra de Santa Rosa regala sus mejores paisajes hechos a ratos de arbustos y cactáceas, y otras veces compuestos de bosques de pino y encino, se mantiene orgulloso el Pueblo Mágico de Dolores Hidalgo. Ese pueblo de alfareros donde vivió el cura Miguel Hidalgo y al que transformó a través de su Escuela de Artes y Oficios. Aquí la presencia del revolucionario sacerdote no solo sirvió para poner en marcha en 1810 el destino independiente que México tanto buscaba, también enseñó a sus habitantes a vivir la música y la alfarería, la cría de gusano de seda y el cultivo de la vid.

Acompañada por el río Laja, la ciudad ha visto extenderse a su alrededor campos de cebolla, maíz y trigo, de alfalfa y chile verde en abundancia. Su horizonte sabe de olivos y viñedos, también de moreras. Poco sorprende que al llegar aquí Miguel Hidalgo y Costilla encontrara en la naturaleza, y en el diálogo que ha de mantenerse con ella para sobrevivir, una forma de ayudar a la gente.

Le había sido otorgado el curato de Dolores, era 1803, e Hidalgo ocupó para vivir un año más tarde la Casa del Diezmo, un espacioso inmueble del siglo XVIII. Vendrían luego las armas, el fuego y la lucha por la Independencia, hasta que sesenta años después Benito Juárez determinara que ese edificio sería propiedad de la nación, convirtiéndolo en el Museo Casa de Hidalgo (Morelos 1; Teléfono: 01418 182 0171; martes a sábado de 10 a 17:45 horas, domingo de 9 a 16:45 horas). Entrar ahí es encontrarse con el hombre y no el Padre de la Patria, es despojarlo por un momento de su personaje histórico, y eso emociona. Están los muebles que todos los días veían ocurrir su vida: el piano que usaba, sus libros de teología, la vajilla compartida con sus hermanos, la cocina y el patio que, puestos a fantasear, todavía conservan el ruido, las voces y el mundo interior del que cambiaría la cotidianeidad de Dolores.

Antes de ser insurgente, Hidalgo fue no solo el guía espiritual de esta comunidad, sino su maestro.Además de la Escuela de Artes y Oficios, estableció una fábrica de loza y otra de ladrillo y fundó talleres textiles. Con esa infraestructura enseñó a indígenas y criollos a trabajr la cerámica de talavera; los volvió alfareros, herreros, curtidores, carpinteros. Los inició en la delicada sedería. Les mostró la forma de hacer vino: plantó vides. Los acercó a la producción de miel: importó enjambres de Cuba. Formó una orquesta y llenó su tiempo de música. Algo queda de todo aquello en la atmósfera del poblado, en los jarrones, aguamieles y macetones acumulados en los mercados, y en ese aire digno, saciado, con que las personas miran.

Llegó 1810 y el 16 de septiembre quedaron atrás los días tranquilos. Hidalgo lanzaba a la historia su grito desde la Parroquia de Nuestra Señora de Dolores, y entre su voz y las campanadas que hizo sonar podía escucharse el final de la Nueva España y el comienzo de un México distinto. Si se le pregunta con ojos curiosos, la parroquia todavía platica ese suceso.
Quizá sea su fachada churrigueresca y sus torres escapando al cielo las que alguna cosa digan; o tal vez hablen los retablos laterales en el interior, uno dorado, el de la Virgen de Guadalupe, y el otro, mostrando su madera tallada, dedicado a San José.

Afuera se extiende el Jardín del Grande Hidalgo. En su perímetro las cosas suceden sin prisa, como si la única ocupación que tuvieran fuera la de recordar el glorioso pasado y a Hidalgo, emplazado al centro del jardín en un monumento de bronce que le rinde honesto homenaje. Rodeando la estatua estarán siempre los vendedores de globos y algodones de azúcar, también los boleros y quienes preparan las tradicionales guacamayas (bolillos rellenos de chicharrón y salsa de pico de gallo).

En una esquina puede verse un pedacito del legendario Árbol de la Noche Triste, y en otra, un quiosco con su base de talavera, que de no ser por la efigie del cura seguramente ocuparía un lugar protagónico. Y al fondo, los puestos de helados. Pulpo, camarón, cerveza, nopal, mole o miel de abeja, los extraños sabores de las nieves representan un desafío no solo al paladar sino a la imaginación.

Con vista al jardín principal se halla la Casa de Visitas (Plaza Principal 25; lunes a sábado de 10 a 16 horas, domingo de 11 a 15 horas), un edificio de 1786 que más que cualquier otra cosa significa un respiro. De fachada plateresca y con seis arcos lobulados, se trata de un airado espacio de luz y sombra donde vivieron los primeros subdelegados políticos de la Congregación de Nuestra Señora de Dolores. Más tarde sería el lugar en que Aldama y Allende tomarían prisioneros al subdelegado Nicolás Fernández del Rincón y al recolector de diezmos Ignacio Díaz de la Cortina. Pero el breve incidente no fracturó la quietud que a la casa corresponde, y desde 1940 es aquí donde se hospedan privilegiados visitantes.

No hay forma de estar en Dolores sin evocar el capítulo de la historia mexicana aquí escrito, el comienzo de la Independencia. Para no olvidarla, para conocer los detalles y objetos involucrados en ella, existen dos museos. El primero, el Museo de la Independencia Nacional (Zacatecas 6, Centro; Teléfono: 01418 182 0193; lunes a sábado de 9 a 16:45 horas, domingo de 9 a 15 horas), se encuentra al lado de la Casa de Visitas en un inmueble del siglo XVIII que solía ser cárcel. Liberados los presos por Hidalgo antes de conminarlos a la lucha armada, poco sospechaban entonces que sus celdas arían salas, y que en ellas se exhibirían las primeras armas de las que se valieron los insurgentes, además de monedas, documentos y pequeños homenajes a los precursores del movimiento.

Por su parte, el Museo Bicentenario (Plaza Principal 1; Teléfono: 01418 182 0809; martes a domingo de 10 a 16:45 horas), inaugurado con elocuencia en 2010, ocupa la casa donde nació Mariano Abasolo y que sirvió como sede del Ayuntamiento desde 1907. Su patio central evidencia una copia de la campana que enardeció los ánimos del pueblo de Dolores; y en el cubo de las escaleras pueden verse dos murales alusivos al episodio de insurreción. Coloridas invitaciones que llaman a conocer el pasado esperan en la parte de arriba.
Ahí lo que se expone son 827 objetos que formaron parte de las celebraciones del Centenario de la Independencia: cerillos, cajas de galletas, fotos antiguas, platos, timbres y medallas, todo cuenta a su manera la exaltación sentida hace cien años. Una sala interactiva se encarga de regresarnos todavía más en el tiempo, recreando los eventos de 1810 que otorgaron fama a la Cuna de la Independencia, esos que el país entero continuaría festejando dos siglos después.

Cerca del Jardín del Grande Hidalgo se encuentra la casa donde nació José Alfredo Jiménez, ese querido compositor dolorense que regaló a México muchas de sus más sentidas canciones. Ahora se trata del Museo José Alfredo Jiménez (Guanajuato 13, Centro; Teléfono: 01418 154 4070; martes a domingo de 10 a 17 horas), pero en 1900 era la botica San Vicente, propiedad de su padre. El viaje por el mundo del cantautor comienza con un mural de Octavio Ocampo donde las imágenes se superponen: con el Cerro del Cubilete como fondo, lo mismo se ve al José Alfredo niño que al adulto con su enorme sombrero de charro como si fuera de papel picado; y junto a él sus principales intérpretes y amigos: Pedro Infante, Jorge Negrete, Chavela Vargas, Lola Beltrán.

Las salas siguientes son un acopio de fotografías, objetos personales y retazos de canciones. Ahí están las fotos en blanco y negro de Paloma, su mujer, y los telegramas que con ella intercambiaba. También, el triciclo oxidado que lo vio ser niño, sus trajes de charro, y sus trofeos. Todavía queda la cocina de la casa y en uno de los patios, entre naranjos y el olor de los azahares, puede escucharse el rasgueo de las guitarras cuando hay clases.
Pero José Alfredo Jiménez no se acaba en el museo. Al poniente de la ciudad hay una glorieta con un monumento en su honor, y nunca nadie podrá presumir un mausoleo como el que levantaron para él en el Panteón Municipal. Se trata de un gran sombrero del que se desliza ondulante un sarape de azulejos. Lleno de movimiento de sus canciones, resbala su música sobre la baldosa pero en el cariño con que la gente lo recuerda. Eterna paradoja que habrá de acompañar al hombre para quien "la vida no vale nada".

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