Por la calle de los Hombres Ilustres se llega directamente a la estación del ferrocarril, en cuyo frente se encuentra la “máquina 535”, reliquia del auge ferroviario de los años treinta.
Tanto la máquina como la estación forman un conjunto emblemático de la ciudad, recordando los tiempos pioneros, cuando Matías Romero era el pueblo de Rincón Antonio, nudo del Ferrocarril Nacional de Tehuantepec el cual atravesaba el istmo para unir los dos océanos.
Carlos V fue el primer hombre en vislumbrar la cuestión de la comunicación interoceánica. En 1533 Hernán Cortés exploró en el istmo de Tehuantepec el gran río Coatzacoalcos hasta su nacimiento, anticipando que esta zona baja y estrecha iba a ser estratégica. Años después de la Colonia, a través del antiguo Marquezado que el Ferrocarril Nacional de Tehuantepec (FNT) iba a marcar su traza.

Durante el siglo XIX, la cuestión de la ruta del istmo será tratada, negociada y maltratada por la inestabilidad política del país. La línea ferrocarrilera será construida durante el porfiriato con la intervención de compañías privadas estadounidenses.
En julio de 1894, el tren cruzó por primera vez los 310 kilómetros que separan Coatzacoalcos de Salina-Cruz, pero esta línea tenía estructuras provisionales, puentes de madera y tramos sin balastre, razón por la cual, el gobierno decidió asociarse con la poderosa casa inglesa S, Pearson an Son para dejar el ferrocarril en perfecto estado como vía interoceánica de primer nivel.
La S. Pearson se comprometía a librar un ferrocarril de puerto a puerto, adaptando las estaciones terminales de Coatzacoalcos y Salina-Cruz al nuevo tráfico, así como a trasladar los talleres y despachos instalados en Coatzacoalcos. A finales de 1899 la S. Pearson construye sobre los ríos Jumuapa, Sarabia, Malatengo y Tehuantepec nuevos puentes metálicos de tecnología y estructuras estadounidenses.


